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::El mundo de los muertos::
Tardes de tele Dice Joaquín Sabina que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Algo similar me ocurre cada tanto al evocar los años de la infancia. Y sin embargo... sí sucedió, ocurrieron muchas cosas, como viajar junto con el capitan Kirk y el Señor Spock a mundos desconocidos; conocer la selva al lado de Tarzán o Daktari; recorrer parte de Australia al ritmo de los brincos de Skippy, y también, cada tarde, enfrentar amenazas extraterrestres dándole todo mi apoyo a Hayata para invocar a Ultraman.Lo que sí nunca jamás sucedió fue tener en mis manos un muñequito famoso por esos años: el Kid Acero. Pese a las insistentes peticiones a los reyes magos, pese a los lloriqueos y pataletas claro, hasta que un buen manazo aplacaba esas quejas, el dichoso monito no fue parte de mis aventuras infantiles. Ni modo, esa falta fue reemplazada con tardes memorables frente al televisor. Algunas de mis series favoritas se crearon en 1966, aunque por supuesto fueron mi deleite ya en los 70 y la principal, la que más emoción me provocaba era sin duda Ultraman y más tarde Ultraseven. Sin embargo, a veces me pregunto cómo veía tanta tele si en casa sólo teníamos una televisión y mi mamá hacía valer su autoridad y ejercía el monopolio, no del control remoto porque aquella Silverstone carecía de él, pero sí de la perilla que se instalaba invariablemente en el 2 para dar seguimiento a toda la barra de telenovelas. Esa incógnita persiste y quizá sólo pueda ser despejada por el equipo que comandaba Jim Phelps. Ya me imagino: como fondo el tema de Lalo Schiffrin mientras instruyo: "Jim, tu misión, si decides aceptarla..."; y una vez que el bueno de Peter Graves asuma esa chamba, terminaré con aquello de "este mensaje se autodestruirá en cinco segundos". La serie Misión: imposible y sus personajes, por supuesto, tenían encomiendas de mayor envergadura. Era la época de la guerra fría, de los agentes secretos y este comando tenía de todo (un especialista en electrónica, un musculoso que aportaba la fuerza, un experto en disfraces o la agente femenina versátil y hermosa) y su misión, siempre, era eliminar cualquier peligro que amenazara al "mundo libre" y que, por lo regular, estaba detrás de la cortina de hierro. La serie se emitió de 1966 a 1973; en 1988 se hizo una nueva versión en la que también participó Peter Graves y ha dado pie a tres películas intrepretadas por Tom Cruise. Pero no sólo estaba la disputa Este-Oeste en el monitor. Bien equipado con mis zapatos Exorcista o Vagabundo de Canadá (que anunciaban, respectivamente, Chabelo y el "Loco" Valdés), con pantalones Los Atrevidos de Ray-Tom, Topeka o Yale y las playeras, si la autoridad familiar lo permitía y daba para comprarlo, de una gelatina Art, Banderillas Bimbo, Twinky Wonder o alguna otra golosina, disfrutaba también de Tarzán interpretado por Ron Ely (ni modo, no me tocó la época de Johnny Weissmuller). Esas aventuras que la imaginación de Edgar Rice Burroughs suponía en áfrica, para esta serie fueron grabadas primero en Brasil y luego en México, incluyendo, claro, el bosque de Chapultepec. Y ya metido en esos ambientes selváticos interrumpidos sólo por la gracejadas de la Calaca Tilica y Flaca que reconvenía a aquellos que se chupaban el dedo a través del Canal 8 o con las presentaciones de Pancholín y Salchichita junto al Tío Gamboín en el 5, Daktari era una serie infaltable. Cómo no recordar a Clarence el león bizco, a la chimpance Judy y su compañero Toto que convivían con el veterinario Marsh Tracy (según los productores "daktari" significa doctor en la lengua swahili) que no sólo se dedicaba a curar a los animales heridos, también luchaba con los cazadores furtivos, las plagas y enfermedades o las tribus hostiles. Esta serie surgió tras el éxito de la película Clarence the cross-eyen lion (1965), y se rodó íntegramente en áfrica de 1966 a 1969. Aquella fue una época en la que muchas veces los animales eran protagonistas: Lassie, Flipper, Mi oso y yo, Mister Ed, Maya la elefanta... y por supuesto, Skippy. Esta serie narraba las aventuras de este canguro que fue adoptado por Matt Hammond (guardabosques de un parque nacional de Australia) y que se hace inseparable de su hijo Sonny. En los diferentes episodios Skippy ayuda a proteger la fauna de los cazadores y contrabandistas y salva a mucha gente de los peligros que acechan en la reserva natural. La serie consta de 91 episodios, se rodó entre 1966 y 1968. Y antes de saltar hacia el infinito y más allá con los Thunderbirds, en el Enterprise de Viaje a las estrellas, o enfrentar monstruos con el inigualable Ultraman, había cosas más mundanas que nuestras madres debían atender de los comerciales, y alguno que otro en el que uno creía que lo sacaban a balcón como ese de "Juanito, quién crees que lava la ropa... Hoover, mamá". Otro que era muy cruel pero divertidísimo y que todo mundo nos sabíamos era el de "Estaban los tomatitos, muy contentitos, cuando llegó el verdugo... a hacerlos jugo. Qué nos importa la muerte... dice el más fuerte, si muero con decoro para los productos Del Fuerte". O aquel que en esos tiempos en que lo políticamente correcto importaba un pito y segregaba a los hombres que gustan de la cocina: "Para nosotras las mujeres... Ekco".Y bueno, cuando Lupita Ferrer, José Bardina, Ricardo Blume, María Rivas o Saby Kamalich eran los amos de los rayos catódicos, no quedaba mucho que hacer pues mi santa madre no me dejaba salir a la calle a jugar (aunque siendo sincero, también vi muchas telenovelas y por supuesto, la que más me gustó fue Mundo de juguete), así que si quería seguir disfrutando de mis programas preferidos recurría al View-Master, aquel aparatito que también alquiliban a la salida de la escuela. Y antes de ir a merendar chocolate Express (el del trenecito) y saborear unas relledonas Wonder (¿pero cómo las rellenan?), resultaba infaltable tararear "Vamos a la cama, que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar!" con los entrañables miembros de La Familia Telerín: Cleo, Teté, Maripí, Pelusín, Coletas y Cuquín.
Porque no es verdad, no es verdad, que hayamos venido para vivir la realidad. |